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Lo que correr me enseñó sobre mi mente

(y sobre el amor)

Un ensayo autobiográfico de Andrea Carratalà sobre correr, la mente y las dos formas de romperse: la del cuerpo y la del amor.

Portada del libro Lo que correr me enseñó sobre mi mente, de Andrea Carratalà
  • Primero se rompió mi cuerpo. Después se rompió una relación.
    Ocurrir
  • Correr es atravesar un espacio, pero también atravesarse.
    Socorrer
  • Mi mente me enfermó mucho antes de que yo aprendiera a entenderla.
    Discurrir

Prólogo

Currĕre

El umbral antes de salir

El verbo correr procede del latín currĕre. Solemos traducirlo como desplazarse rápidamente, avanzar o moverse de un lugar a otro. Sin embargo, los romanos utilizaban esta palabra para referirse a muchos más conceptos. Corría el agua, corría el tiempo y corría también el pensamiento cuando una idea encontraba su camino. Desde su origen, correr nunca fue únicamente un movimiento del cuerpo. También fue una forma de atravesar el mundo. Quizás por eso correr nunca ha significado para mí alcanzar un lugar concreto. Siempre ha tenido más que ver con lo que sucede mientras avanzo.

Capítulo I

Ocurrir

Lo que aparece en nuestro camino

Hay palabras que se parecen tanto que una piensa que deberían doler igual. Rotura. Ruptura. Las separa una sola sílaba, una p que apenas ocupa espacio en la página y, sin embargo, el cuerpo parece haber aprendido perfectamente la diferencia. Decimos que se rompe una fibra, que se rompe un hueso. Pero cuando lo que termina es una relación hablamos de ruptura. Como si el castellano hubiera decidido distinguir también las heridas: rotura para aquello que podemos señalar con el dedo; ruptura para aquello cuyo lugar exacto no sabemos encontrar. En menos de un año, yo también conocí las dos formas de esa misma acción. Primero se rompió mi cuerpo. Después se rompió una relación. Y en ambas historias estaba la misma persona.

Capítulo II

Transcurrir

Lo que atraviesa el tiempo

Yo cambio múltiples veces al día. Hay una Andrea que se despierta temprano para entrenar y otra que por la noche se pregunta si está haciendo las cosas bien. Hay una Andrea profesora, una Andrea escritora, una Andrea que corre, una Andrea que llora, una Andrea que se siente fuerte y otra que se siente perdida. Durante mucho tiempo pensé que todas ellas eran versiones contradictorias de una misma persona. Ahora sospecho que son simplemente formas distintas de habitar una identidad que nunca permanece quieta. Quizás por eso nunca termino una carrera siendo exactamente la misma persona que la empezó.

Capítulo III

Corriente

Lo que fluye sin detenerse

Hay dos maneras de dejar de pensar mientras corres. Una es la presencia plena: el cuerpo y la mente tan ocupados con el movimiento que no queda espacio para nada más. La otra es la huida. El movimiento como anestesia. El ritmo de los pies como forma de no estar donde en realidad estás. La pregunta que vale la pena hacerse es cuál de las dos estás eligiendo hoy. Y si llevas mucho tiempo eligiendo la misma. Correr me ha enseñado algo que me hubiera venido bien saber mucho antes: que el cuerpo no es un problema estético a resolver, sino un mecanismo de precisión al que hay que alimentar bien si quieres pedirle lo que te pide la maratón.

Capítulo IV

Socorrer

Correr hacia alguien para ayudarle

Para mí, ser implica correr. No porque correr me defina por completo, sino porque me ha acompañado en demasiadas versiones de mí misma. Correr es atravesar un espacio, pero también atravesarse. Es recorrer una distancia exterior mientras algo se desplaza por dentro. No creo que todo el mundo necesite correr. Pero sí sospecho que todos necesitamos movernos de algún modo. No para alcanzar una versión mejorada de nosotros mismos, sino para recordar que estamos vivos. No sé dónde termina la corredora y empieza la profesora. No sé dónde termina la escritora y empieza la mujer que intenta entenderse a sí misma.

Capítulo V

Discurrir

Dejar que el pensamiento encuentre su cauce

Correr y escribir me han permitido acercarme a mi mente desde la curiosidad y no desde el miedo. La primera como si fuera una exploradora que avanza por un territorio desconocido. La segunda como una arqueóloga que excava pacientemente entre los restos de una ciudad antigua. Durante mucho tiempo solo conocí otra forma de relacionarme con mis pensamientos: la vigilancia. Observaba mi mente como quien vigila a un enemigo capaz de atacar en cualquier momento. Mi mente me enfermó mucho antes de que yo aprendiera a entenderla.

Capítulo VI

Incurrir

Entrar en algo sin evitarlo

Correr no me ha hecho más libre, pero sí más consciente. No hablo de una consciencia luminosa ni serena, de esas que aparecen en los libros de autoayuda prometiendo paz interior. Hablo de una consciencia basada en la perspectiva. En la capacidad de observar lo que ocurre dentro de mí sin confundirlo necesariamente con la realidad. Durante mucho tiempo creí que mis pensamientos eran la verdad. Corriendo soy egoísta, soy testaruda. Me permito ser todo lo que no soy en el mundo cuando corro. Porque en ese estado todo depende de mí.

Capítulo VII

Correo

Transportar mensajes de un lugar a otro

Habitar la pregunta con la misma plenitud con la que buscamos la respuesta. Quizás de eso trata correr. O quizás de eso trata vivir. Pasamos gran parte de nuestra existencia intentando alcanzar certezas, respuestas definitivas, explicaciones que ordenen el caos. Pero la vida rara vez responde con claridad. La vida suele contestar con otra pregunta. Cada vez que salgo a correr vuelvo a encontrarme con la misma que me acompaña desde niña: ¿quién soy? No quién fui. No quién esperan los demás que sea. Quién soy ahora. Y entonces aparecen las zancadas. Derecha. Izquierda. Como una respuesta que nunca termina de formularse.

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